jueves, 1 de noviembre de 2018

Respuesta a Ignacio Ávila


Hola Ignacio,

Gracias por su comunicación, realmente es satisfactorio saber que en medio de toda la euforia que pueden producir denuncias como la de la Red colombiana de mujeres filósofas o mi testimonio haya alguien que se tome el tiempo de contestar con detenimiento. Una aclaración: nunca fui su alumna. Efectivamente entre 2000 y 2004 nos cruzamos en el departamento, pero dudo mucho que hayamos intercambiado más de un saludo alguna vez.

Dicho esto, quiero contarle brevemente por qué escribí ese testimonio.

Me animé a enviar la carta al ver que la petición en change.org la estaban firmando personas que fueron o bien mis compañeros o profesores y tuvieron comportamientos reprochables cuando yo era estudiante, entre ellos el mismo Douglas Niño como lo señalo en la carta, pero no el único. Con usted no tenía reproche. Y como le escribí en el comentario en la plataforma de change.org lo animaba a apoyar la causa sin tanto titubeo y más bien a encontrar maneras de que sus preocupaciones se transformaran en cambios en el aula (que yo desconocía y quedaron bien aclaradas con su carta). Hay muchos casos de actitudes no solo machistas sino clasistas y racistas de las que fui testigo de parte de profesores y estudiantes por igual, sin embargo, como no fui doliente de ellas decidí no mencionarlas porque me parece que son las víctimas quienes deben hablar en este momento. Con esto lo que quiero aclarar es que mi testimonio fue una invitación a mirar esa diversidad de violencias cotidianas que se viven en el departamento y que en el afán de aprobar una materia o de sacar la carrera a flote, incluso debido la admiración que nos producen los docentes o los alumnos más brillantes, nos quedan muy difícil de identificar siendo estudiantes. E insisto, los dos profesores mencionados son los que me afectaron a mi directamente, pero la mayoría de quienes todavía están en el departamento de filosofía como profesores de planta son quienes han sido sistemáticos en comportamientos reprochables no solo en su discriminación por género, sino por clase y raza. Y eso es quizás lo que más me duele y en donde encuentro un gran problema de coherencia: docentes que mantuvieron relaciones afectivas con sus estudiantes, o descalificaron o humillaron a sus alumnos por su condición social y se les llena la boca hablando de ética y quieren darnos lecciones a todos.

Sentí que había que aprovechar el momento porque muchos de los mencionados estaban posando de: «no es conmigo. Machistas, clasistas, racistas son los demás. Yo jamás he tenido problemas con las mujeres, la condición social o la raza» y eso solo perpetúa el problema. Decidí escribir mi testimonio con nombres propios, pues no servía hablar en abstracto ya que esto les estaba sirviendo de escudo para evadir el tema. Yo ya no estoy en la Universidad ni me interesa la vida académica, mi experiencia como estudiante solo sirve para resaltar que no fui un caso aislado, fuimos todas las mujeres que estudiamos filosofía las que nos vimos sometidas a este tipo de comportamientos, y que el daño se extiende a esos estudiantes que aun sin ser mujeres no compartían el rasgo de hombre blanco y de clase media-alta que parece ser el ideal de la persona que estudia filosofía para aspirar a ser tratada como par. Y es que como le digo, más allá del daño que pudieron haber causado en mí, es la sistematización de esta violencia en la cotidianidad de las aulas lo que en el departamento parecen no comprender. Las diferentes experiencias de violencia tienen consecuencias en el desempeño profesional y personal de cada víctima, ahí también radica su gravedad y complejidad. Conozco casos dramáticos que ameritaron intervención profesional para evitar una tragedia y eso que yo en particular he tenido muy poca relación con estudiantes de filosofía, incluso cuando estaba en la universidad.

Quisiera mencionar la carta de Marcela Tovar publicada en Sentiido, porque me parece que tiene un par de elementos que muestran lo complicada que es esta reflexión para las personas que hemos pasado por el departamento, en particular si conservan alguna relación con la academia. Por un lado, Marcela se negó a dar nombres, no obstante, habla de situaciones mucho más graves que las mencionadas en mi testimonio. Por otro, Marcela declara que ella «no quiere posar de víctima, porque no lo es». Fíjese lo complicado que es, inclusive para una persona como Marcela que se ha formado profesionalmente en un ambiente en el que el reconocimiento a las víctimas es indispensable, verse como víctima. Porque ser víctima se asocia con debilidad y sufrimiento y en su caso, ella dice estar totalmente alejada de esa relación. Marcela se equivoca. Que no se sienta víctima no quiere decir que no lo sea y que lo que narra en su testimonio no sea una agresión tan reprochable como las demás. El tema pasa por identificar a profesores queridos y admirados con victimarios. Ahí también encuentro una enorme falla en la actitud del departamento: parecería que la indiscutible capacidad de análisis de cada uno de sus integrantes no ha sido suficiente para sentarse a reflexionar sobre sus acciones, en lugar de invitar al diálogo y tratar de escuchar a las víctimas y enfrentar las cosas de frente, se han portado como unos matones, como «la manada», desestimando los alegatos (como se ve en el video que circuló en youtube en el que Luis Eduardo Hoyos y Luis Eduardo Gama tratan de minimizar la petición de change y la califican de alegato). Es que ni siquiera son capaces de darle un nombre al reclamo. Es terrible, a mi modo de ver nada tienen que envidiarle a los Weinsteins, están al mismo nivel y por eso mencioné en mi texto que se sienten moralmente superiores.

El hecho de haber llamado por su nombre a los agresores trajo, en mi caso particular, aprendizajes personales, pero muy poco de reparación. Juan José Botero se contactó conmigo casi inmediatamente después de leer la carta con un mensaje privado muy sentido que me pidió no hacer público. Sin embargo, pocos días después estaba firmando la carta del Departamento y poniendo chistes pendejos sobre acoso en su muro de facebook. Eso me hace pensar que se disculpó para lavar su consciencia conmigo pero que no se ha tomado el trabajo de entender qué es lo que pasa de fondo. La disculpa de Douglas por otro lado me pareció calculada milimétricamente. No dudo que él pueda haber cambiado ni que su intención sea buena, sin embargo, la manera como contestó, el tiempo que se tomó y las palabras perfectamente seleccionadas para hacerlo me señalan otra cosa. Además, no deja de causarme extrañeza el comité de aplausos que lo respaldó tras su respuesta y generó una nueva ola para invisibilizar la acusación y sí, a la víctima, perpetuando así el círculo de la agresión porque la disculpa pasó a ser más importante que la denuncia (a sabiendas de que tener presente la falla es lo que asegura la no repetición). Conservo la esperanza de esto sea el primer paso para el cambio, aunque me quedo con la duda de si lo hizo para quedar bien con el público.

De todas maneras, como lo dije antes, no se trataba, en mi caso particular, de recibir reparación. Se trata más bien, de señalar un comportamiento sistemático, nocivo e invisibilizador. Un comportamiento que, por lo demás, no permite que personas (hombres o mujeres) con pensamientos distintos o con capacidades más amplias que las que explora la misma filosofía, hagamos parte de la academia. Mi esperanza radica no en que quienes están cambien. La mayoría son demasiado mayores para reconsiderar su posición y están inmersos en una burbuja bibliográfica que les impide ver qué pasa a su alrededor, otros ni siquiera consideran esto un problema como lo señalé antes. Con lo mucho que quiero a Bernardo Correa y a Lisímaco Parra, ambos son ejemplo de personas que deberían ceder sus puestos como profesores titulares y abrirle campo a nuevas generaciones, ojalá a mujeres. Que se queden como profesores de cátedra, eso garantiza que su experiencia seguirá inspirando a otros estudiantes y de paso dejan de hacer parte de ese círculo de maniobras igualmente reprochables e incoherentes con la ética y el discurso anticorrupción de quienes reciben pensión y siguen siendo profesores titulares.  

Finalmente me parece importante señalar que salvo usted que se contactó conmigo directamente, no tuve ningún otro acercamiento en busca de aclarar lo sucedido o ampliar mi testimonio: ni el departamento, ni los acusados, ni la universidad, la escuela de estudios de género, nadie. Una muestra más de que este tipo de eventos sufren de la efervescencia del momento y son rápidamente olvidados por todos y que en esa Universidad no tienen tiempo ni ganas de atender reclamos de esta índole. A las víctimas hay que escucharlas y los profesores del departamento, de la Facultad de ciencias humanas y la rectoría de la universidad deben no solo abrir espacios sino estar dispuestos a oír cómo cambió la vida de las estudiantes que han hablado de temas de agresión en el aula. Eso sin mencionar los casos de acoso, y abuso que seguro los hay. Solo así podrá gestarse algún cambio. En últimas, Filosofía es el ejemplo más notorio de disparidad numérica de género, pero no es único, los otros departamentos tienen problemas similares y nos hemos hecho (las mujeres también) las de la vista gorda para encararlos.

Le dejo un artículo de The Guardian en donde muestran las acciones que están tomando las orquestas para erradicar el problema de género en la música que quizás pueda serle de utilidad: Female composers largely ignored by concert line-ups.

Vanessa Villegas Solórzano

miércoles, 3 de octubre de 2018

No lo reporté porque

Por: Vanessa Villegas Solórzano


#noloreportéporque

Contaba Mariana Arango que, cuando era estudiante de Odontología en la Universidad de Antioquia en 1935, sus compañeros le escondían penes humanos en su casillero y los bolsillos de su abrigo buscando con esto disuadirla de continuar sus estudios profesionales. «Porque estudiar en la universidad no era para mujeres». Y si había una mujer dispuesta a alterar el orden impuesto por los varones tanto estudiantes como profesores, entonces debía pasar las pruebas de resistencia como la mencionada y los juicios peyorativos en los que su inteligencia y dedicación eran cuestionadas por su género.

Concha Peláez estudió Química farmacéutica en la Universidad de Antioquia (UdeA) a finales de los años cuarenta. Para ese entonces las carreras tenían cupos limitados para las mujeres, Concha lo narra así: «la entrada para las mujeres no era libre, había cuotas, tres o cuatro mujeres por carrera». Conchita fue la única mujer entre dieciocho hombres, pero a diferencia de Mariana, dice que jamás fue discriminada por sus profesores o compañeros. Era una estudiante brillante y se ganó una beca para ir a la Universidad de Michigan en Ann Arbor, Estados Unidos. Concha señala que la gran diferencia entre la UdeA y Ann Arbor no era la calidad de la educación sino la cantidad de mujeres que participaban de la vida académica.

Margarita Córdoba perteneció a la segunda generación de mujeres que estudiaron Derecho en la Universidad de Antioquia y participó activamente en la campaña del plebiscito de 1957. Para ello, junto a un grupo de activistas por la causa femenina, recorrió los pueblos de Colombia explicándole a las mujeres que ellas también tenían derecho a ser ciudadanas con igualdad de deberes y oportunidades que los varones. Tras la campaña, Margarita fue escogida por sus compañeras de lucha como candidata en las elecciones parlamentarias y fue Representante a la Cámara entre 1958 y 1960. Los proyectos que impulsó giraban alrededor del papel de las mujeres en la sociedad: gracias a ella se promovió el nombramiento de mujeres en cargos públicos y las estudiantes embarazadas, que hasta la fecha eran expulsadas de las aulas por ser un mal ejemplo para sus compañeras, pudieron continuar con sus estudios. De no haber sido por Margarita y su convicción de que representaba la necesidad de cambio en las políticas de esta sociedad más que a las mujeres colombianas, Colombia se habría tardado varios años en tener magistradas, juezas y en general, mujeres profesionales en la vida pública. Todas ellas son voces necesarias para entender la sociedad en la que vivimos y somos parte.

El Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional sede Bogotá parece estar estancado en esa época: en la de Mariana Arango como víctima de matoneo de profesores y estudiantes, la de Concha Peláez como única estudiante en su carrera, la de Margarita Córdoba explicándole a los congresistas que los espacios para las mujeres hay que abrirlos, no se abren solos. La gran diferencia parecería ser que al menos esas mujeres lograron ser escuchadas, encontraron en algunos de sus pares unos receptores capaces de convertirse en agentes de cambio. Los profesores del Departamento de Filosofía, por el contrario, no se han percatado de su error. Su extensa bibliografía y sus créditos académicos parecen haberlos blindado: están por encima de los demás y no tienen por qué cambiar algo que, en apariencia, ha funcionado bien durante tantos años.

Sin embargo, ese Departamento no ha marchado tan bien como lo señalan sus puntajes, porque nada allá es saludable en términos académicos. Las estudiantes y egresadas de filosofía estudiamos en un ambiente hostil. O cómo se llama a que, en la primera clase de la vida durante la semana de inducción a una estudiante que está interesada en las artes y la estética le contesten que «si le gustan las calzas entonces mejor que se vaya a odontología», en una ecuación entre estética y brillo dental. El comentario tiene nombre propio: la estudiante era yo, el profesor Juan José Botero, para entonces director del Departamento. Era para templar el carácter, dirán algunos; chiste flojo, dirán otros y algunos más encontrarán argumentos suficientes para demostrar que mi protesta frente a esto era un berrinche de «niña consentida» ante un comentario habitual. Pero no lo es. En el momento me pareció agresivo, fuera de lugar. En retrospectiva, es un acto de menosprecio e irrespeto hacia mis intereses, un acto abominable.

Cuatro semestres más tarde estaba en Lógica IV. Douglas Niño era el profesor. Durante todo el semestre se negó a pronunciar mi nombre. «Como dice el caballero» apuntaba cuando yo intervenía y señalaba a Carlos Castillo quien se sentaba a mi lado. Esta actitud se complementaba con ausencia de contacto visual y gestos de desprecio en el salón de clases. La otra mujer que estaba en ese curso comentó haber tenido problemas similares con Douglas Niño en el pasado, sin embargo, justificaba la actitud del docente argumentando que Douglas tenía un temperamento particular y que le gustaba poner a prueba a la gente. Ella, por ejemplo, había pasado dicha prueba recibiendo un apretón de manos durísimo sin quejarse. Consulté el caso con uno de mis profesores más queridos para ver cómo podía denunciarlo. El consejo de Bernardo Correa fue este: primero, que no valía la pena escalar la queja ante el Departamento y segundo (cito sus palabras) que, como Lucho Herrera cuando había ganado la etapa llegando a la cima ensangrentado, yo debía resistir y esforzarme para demostrarle a Douglas Niño la clase de persona que era. Le contesté que no tenía nada que demostrarle a Douglas Niño. Inversamente proporcional a la solidaridad de los profesores resultó ser la respuesta de mis compañeros Carlos Castillo y José Tovar, quienes no solo interpelaban a Douglas en clase cuando yo hablaba, sino que pidieron revisar cada uno de los exámenes para asegurarse de que habían sido calificados con justicia. Gracias a ellos no abandoné la carrera en ese momento y tuve el carácter de asistir a todas las clases de Lógica IV sin falta. Para Carlos y José fue evidente lo que para los ilustres profesores del Departamento no: lo que no se nombra no existe. Douglas Niño me negó la existencia en el aula.

Cuando terminé la carrera y mi tesis fue considerada meritoria decidí presentarme a la Maestría. Era más de lo mismo con la diferencia de que ahora tenía la posibilidad de compartirlo con otras estudiantes que tenían intereses afines a los míos: Laura Quintana y María del Rosario Acosta, firmantes de la petición de la Red Colombiana de Filósofas. En la entrevista de admisión de la Maestría sentí asco porque pareció una visita en casa. Sentí que me habían admitido por mi apariencia y sonrisa y no por mis méritos académicos. Cursé toda la maestría con notas excelentes, pero cada día ese desagrado inicial se fue incrementando: no me aceptaron porque creyeran en mí, me aceptaron porque era una estadística positiva y era muy probable que fuera a graduarme de la maestría. Como lo señaló Germán Meléndez en más de una ocasión, el éxito de los programas se mide por el número de egresados, no de admitidos. Nunca entregué la tesis de maestría, me produjo repugnancia hacerlo. Si pudiera devolver el título de pregrado, lo haría. Ese Departamento no me representa. 

Estoy segura de que mi historia es apenas una muestra de lo que pasa dentro del Departamento. No lo reporté porque cuando lo hice subestimaron el caso. Porque en un ambiente dominado por varones la violencia verbal y física contra las mujeres pasa desapercibida y los estudiantes replican y celebran las prácticas perversas de sus maestros. Ahora veo con rabia que muchos de los profesores y compañeros de clase que han sido arte y parte de este tipo de acciones y de otras formas de discriminación y abuso en las aulas firmaron la petición de la Red Colombiana de Filósofas. Parecería que se sienten moralmente superiores y hasta con derecho a opinar, Douglas Niño entre ellos. ¿Quiénes se han preguntado si alguna vez han hecho algo mal y están dispuestos a aceptarlo? ¿Cuántos de los profesores firmantes fueron partícipes de matoneo a sus alumnas o compañeras en el aula? ¿Cuántos de ellos les vieron la cara durante semestres enteros y se negaron a saludarlas por su nombre, las menospreciaron? ¿Quiénes de los profesores firmantes han tomado parte activa en el cambio? ¿Quiénes le han preguntado a sus alumnas o colegas si han sido víctimas de matoneo, abuso, menosprecio, acoso en el aula o fuera de ella y han hecho algo para reportarlo o solucionarlo?

sábado, 1 de marzo de 2014

Voto con voz

Por: Vanessa Villegas Solórzano

Cuando el entonces entrenador de la selección Colombia Hernán Darío Gómez se vio envuelto en un escándalo por golpear a una mujer, estas fueron las palabras que le escuchamos a la exsenadora y ahora aspirante a la gobernación de Antioquia Liliana Rendón en una entrevista con Yamid Amat: “Las mujeres no somos fáciles de manejar y lo digo con causa propia”, “nosotrOs fregamos mucho, nosotrOs somos muy necias… a veces provocamos reacciones no sólo en los hombres sino en las mismas mujeres”, “cuando nos queremos hacer las víctimas, lo hacemos perfectamente porque somos manipuladoras.” 

Por su parte, el empresario Andrés Jaramillo, refiriéndose a una denuncia por supuesta violación dentro del parqueadero de su afamado establecimiento comentó: “Llega vestida con un sobretodo y debajo tiene una minifalda, pues a qué está jugando. Está bien, eso es natural. Para que ella después de excomulgar todos los pecados con el padre diga que la violaron”.  

Varios meses después, en un almuerzo en el que todas éramos mujeres, quedé sorprendida al escuchar que algunas de las presentes sugirieron que la víctima ahí era Andrés, que toda esa situación era una exageración, que esa mujer que denunció la violación estaba borracha, que seguramente se arrepintió al otro día y por eso había armado el escándalo.

La exclusión en el lenguaje es una forma, pero no la única, de ejercer violencia en contra de alguien. De hecho, borrar ciertas palabras del vocabulario, menospreciar e invisibilizar las opiniones de otros parece ser una forma muy efectiva de segregación. El género no se escapa de este problema y carga con el agravante de que para quienes vivimos en la ciudad, esta situación se ha banalizado a tal punto que ni siquiera somos capaces de entender de qué se trata. Esto, en buena parte, se debe a que los medios de comunicación como fiel reflejo del país en el que vivimos, no conocen los alcances de dejar de nombrar una cosa o de cambiar una palabra por otra, y declaraciones como las anteriores se quedan en la polémica del momento sin un análisis de fondo.

El cambio de “conflicto armado“ y “guerra en Colombia” por “amenaza terrorista” que se dio durante el gobierno de Uribe desató muchos debates entre historiadores y académicos (Semana). No fue una casualidad, pues un simple giro en las palabras le quitó connotaciones históricas a lo que vivimos en este país y empoderó al entonces presidente y seguro senador de un discurso que desconocía los orígenes y causas de los años de violencia que ha sufrido nuestro país. Como dice el artículo de Semana: “En el plano jurídico, la consecuencia práctica de que no haya un conflicto armado interno sino una amenaza terrorista es que dejaría de regir el Protocolo II de Ginebra. Si no hay guerra sino la persecución de criminales, no se aplicaría el Derecho Internacional Humanitario que la regula y que busca humanizarla. Es decir, se diluye la obligación de respetarle la vida al enemigo cuando se rinde, de proteger los bienes y la vida de los civiles, de respetar las misiones médicas, de diferenciar entre civiles y combatientes. Esto último significaría que el Estado no reconoce la distinción entre combatientes y civiles y por esa vía podría ponerles a los ciudadanos mayores obligaciones respecto de la política de seguridad democrática que a la postre los podría convertir en objetivo militar.”

Un análisis equivalente podría aplicarse a declaraciones como las de Liliana Rendón y Andrés Jaramillo, sin embargo los medios de comunicación colombianos no consideran que esto sea un tema prioritario y de hecho, lo aprovechan solo mientras genere audiencia. Y la falta de análisis se hace evidente al escuchar la opinión de las personas comunes y corrientes pues, a pesar de los escándalos mediáticos, lo que predominan son reacciones simples y sin argumentos, como lo demuestra la apreciación de algunas de las mujeres presentes en el mencionado almuerzo. Gracias a la forma en que estos temas son tratados y a la falta de claridad sobre sus consecuencias, son muchas las mujeres que pierden la perspectiva del alcance de esas declaraciones, que a la larga, nos afectan a todas por igual. ¡Al hablar de una mujer, está hablando de cualquier mujer y esa podría ser yo!

A la hora de votar nos hace falta pensar justamente, en quienes han estado marginados en el lenguaje y en el discurso. Las mujeres debemos pensar no solo desde la perspectiva personal, sino desde la de todas aquellas que no han tenido las mismas oportunidades que nosotras para que, más temprano que tarde, declaraciones como las de Liliana Rendón o Andrés Jaramillo no sean el pan de cada día.

Si las personas que nos sentimos aludidas o rechazamos declaraciones como las citadas, usáramos el malestar que nos producen tales afirmaciones como un primer filtro para escoger candidatos al senado y cámara, pensar en un congreso decente podría llegar a ser real. Y si esta información la hiláramos con declaraciones excluyentes, sexistas y discriminatorias de aspirantes al congreso como Roberto Gerlein, María Fernanda Cabal y José Obdulio Gaviria, por nombrar solo a algunos, el panorama de quién debe llegar a las cámaras se hace cada vez más claro y distinto.

Es obvio que este filtro no evita que candidatos como los nombrados arriba alcancen los votos necesarios para obtener su curul, pero sí podría hacer que algunos indecisos voten por aspirantes con una hoja de vida limpia y responsable para que puedan darle voz a los excluidos y en esa medida, que aquellos sin lugar en el lenguaje, logren un espacio en nuestra sociedad.

Ahora que las encuestas parecen tener más claro cuál es el panorama electoral, debemos aprovechar la información de portales que como las2Orillas, La Silla Vacía, Semana y Congreso Visible o sugerencias como las de Catalina Ruiz-Navarro, Florence Thomas y Ricardo Silva Romero, quienes ya han señalado sus preferidos.

Antes de que sea demasiado tarde, propongo el ejercicio de revisar las listas al congreso bajo la siguiente suposición solo para evaluar si el resultado coincide con su elección particular.

Cómo votaría a senado y cámara si usted
es mujer
es mujer afro
es mujer cabeza de familia
es mujer indígena
es mujer desplazada
es mujer que usa el transporte público
es parte de una minoría
es feminista
cree en las libertades sexuales y reproductivas
defiende el matrimonio igualitario
ha sido víctima de la violencia
hace parte de la comunidad LGTBI
se ha sentido excluida o excluido.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Indignados de blanco


Por: Vanessa Villegas Solórzano

Para mi papá votar es prácticamente una obligación. Él es un convencido de este ejercicio de la democracia, una democracia que la mayoría de las veces se parece más a un acto de fe que a una suma de probabilidades, aquí y en todo el mundo. Mi papá nunca ha dejado de votar, sin embargo, desde hace años decidió votar en blanco, convencido, como lo están muchos ciudadanos, de que esta es la mejor manera de castigar a los políticos por sus malas prácticas y pésimos servicios a la ciudadanía. Cada vez que se acerca la época de elecciones le pregunto qué piensa hacer y me contesta que va a votar en blanco. Y como si fuera una canción puesta en “repeat” yo le digo que eso es como tirar una piedra en medio del océano.

El auge del voto en blanco para las elecciones que se aproximan tiene varias explicaciones posibles, desde la pérdida de confianza en la democracia, pasando por la falta de candidatos con los que la gente se sienta representada, hasta el castigo a los políticos tradicionales o la total carencia de credibilidad en las instituciones. Pero no estamos en la ciudad sin nombre del “Ensayo sobre la lucidez” de Saramago en donde ganó el voto en blanco, los ciudadanos se empoderaron de su libertad de elección y le dieron una lección de ética a los políticos, a pesar de las represalias. Aquí cabe preguntarse si en el país que vivimos hoy, ahora, lo que ocurrió en esta novela podría llegar a ser real.
Vale la pena recordar los dos casos en los que el voto en blanco ya fue ganador en nuestro país: el primer caso se dio en Susa, Cundinamarca en 2003 y en 2011 fue en el municipio de Bello, Antioquia. Y vale la pena, sobre todo, porque el ejemplo de Bello nos mostró que votar en blanco no es suficiente para cambiar las cosas.

En "La paradójica historia del voto en blanco en Bello" La Silla Vacía recogió muy bien los antecedentes y consecuencias de la esperanzadora elección del voto en blanco en ese municipio antioqueño que hace parte del área metropolitana de Medellín. Una versión resumida de lo ocurrido allí sería la siguiente: en Bello ganó el voto en blanco ante una elección que solo tenía un candidato, un político cuestionado, heredero de los tradicionales caciques de la zona. Una vez se convocó a la segunda elección, los partidos se alinearon alrededor de nuevos candidatos y los ganadores fueron los mismos caciques políticos que aparentemente habían sido derrotados en la primera elección. Los perdedores fueron los ciudadanos, o en palabras de la Silla Vacía “el voto en blanco, que tanta ilusión generó en las elecciones pasadas, esta vez podría confirmar una vez más, la habilidad del poder político tradicional para ajustarse a las circunstancias”.

El movimiento de Los Indignados lleva años inundando las calles españolas. Desde que comenzó la crisis en ese país, alrededor de 2008, los cientos de manifestantes se convirtieron en miles y todos, en apariencia, buscaban los mismos objetivos: reforma política y fiscal, amortiguación de la deuda, acceso a la educación, derecho a una vivienda digna y a la salud, rechazo a la corrupción estatal y bancaria, entre otras. En medio de la crisis y del auge de Los Indignados hubo elecciones presidenciales en España. ¿Por quién votaron los cientos de miles de indignados? ¿Votaron? ¿Cómo fue posible que con un movimiento en pleno apogeo y con semejante crisis, los españoles hayan elegido a Mariano Rajoy como presidente? Puede ser una apreciación muy a la ligera, pero el triunfo de Rajoy, un político conocido, de un partido tradicional y de derecha, habla muy mal de la capacidad de acción de Los Indignados.

Quienes promueven el voto en blanco en Colombia tienen razones suficientes para sentirse parte o voceros de los indignados locales. Y, ¿qué van a hacer quienes votan en blanco si salen ganadores en estas elecciones? ¿Cuál es su plan a seguir? ¿Van a esperar a que los partidos políticos y los políticos de siempre saquen del costal a sus sucesores o se adapten, como suelen hacerlo, a las nuevas circunstancias? ¿Los promotores del voto en blanco y los votantes se van a lanzar a la política?

Algunos analistas citados por los medios sugieren que el voto en blanco es una elección perezosa (Semana) . Dicen que, por un lado, alegar que no hay candidatos que representen nuestras preocupaciones es la disculpa perfecta para evitar el debate político, leer los programas de gobierno y conocer a los aspirantes a los comicios. Por otro, sugieren que al elegir al voto en blanco nos lavamos las manos una vez la elección tuvo lugar, porque bajo esa lógica, no nos sentimos responsables de las acciones de nuestros gobernantes y tenemos derecho a la queja eterna. Me parece que calificar a los electores del voto en blanco de holgazanes o perezosos es demasiado fuerte, de hecho, retomo el ejemplo de mi papá: él vota en blanco, no es perezoso frente al debate político, ni se desentiende de sus responsabilidades políticas, ni siente que sus derechos políticos fundamentales se menoscaben por no elegir entre los nombres de las listas. De hecho, mi papá siente que ejerce plenamente sus derechos y deberes como ciudadano al elegir el voto en blanco.

La dinámica cotidiana nos ha hecho olvidar que la política la construimos todos, cada día, todos los días, con nuestro pensamiento y nuestra acción en comunidad. La política es de todos, la hacemos todos en el día a día. Es un error pensar que la política es una cosa corrupta cuando quienes son corruptas son las personas. Teniendo esto en cuenta, sí se hace necesario que los ciudadanos de a pie, que hacemos política cuando discutimos estos temas y tenemos en nuestra cabeza la idea de un mundo mejor y posible, seamos consecuentes con lo que pensamos. En otras palabras, que evaluemos cuáles son las consecuencias de votar en blanco y si estamos dispuestos a asumirlas.

Y es que el voto hace parte de la responsabilidad ciudadana, pero esta ni comienza ni termina allí. El voto es uno de los pasos, mas no el único, de una cadena de acciones que nos llevan a ejercer control, estar pendientes de los programas, las inversiones y la situación del entorno. Un buen ejemplo lo pusieron las mujeres en los años 50 cuando recorrieron el país de punta a punta buscando promover un cambio constitucional que les permitiera tener derecho al voto. Cientos de mujeres se sumaron a aquellos candidatos que estaban de acuerdo con su sufragio y una vez elegidos, ellas, tan presentes como estuvieron durante las campañas, se mantuvieron firmes en su exigencia para ver dicha promesa hecha una realidad. No fue suficiente con que sus candidatos salieran elegidos, la lucha solo se llamó triunfo cuando ellas pudieron acercarse por primera vez a las urnas en las mismas condiciones que lo hacían los demás ciudadanos de este país y entonces, se dedicaron a comunicarle a todas las mujeres de Colombia que el cambio lo podía hacer cada una de ellas a través de su participación en los debates, en la construcción de propuestas, y por supuesto con el voto, su voto.

Como esas mujeres, las víctimas, la población LGTBI y las mujeres de hoy, tenemos claro qué es lo que no debemos permitir, tenemos claro quiénes son los políticos y los partidos que favorecen o incitan la vulneración de nuestros derechos. En esta, como en pocas elecciones, deberíamos tomarnos el trabajo de escoger a nuestros representantes, en lugar de que otros escojan por nosotros y evitar así que el caso de Los Indignados españoles o del fastidioso caso del voto en blanco de Bello se repita.

Cualquiera que sea la elección: no votar, votar en blanco o escoger candidato es respetable. Sin embargo debemos preguntarnos en dónde estamos parados para tomar esta decisión, qué queremos hacer y cuánto estamos dispuestos a hacer. Y si bien Ricardo Silva tiene razón y en estas elecciones los candidatos parecen ser un regreso al pasado, vale totalmente la pena retomar una frase de Tostao de Chocquibtown cuando le dijeron que un artista no debe meterse en política: "Yo soy artista, pero también soy ciudadano. Si dejo de meterme en política estaría actuando como a quien no le importa su país."

Así, con la posibilidad de estar equivocados, pero con la certeza de estar haciendo algo que va más allá de la queja, insisto en que justamente en estas, como en pocas elecciones de senado y cámara que yo haya presenciado, es en las que hay que votar.

miércoles, 12 de febrero de 2014

La raza de la ciencia



Por: Vanessa Villegas Solórzano

“Según las historias contadas, yo debería ser 100% blanco. Pero no lo soy. Mi rostro es, digamos, el rostro común de un peruano. Un rostro que habla de un innegable proceso de mestizaje, del que nunca se habló en casa. Y si algo tan evidente como mi rostro no era cierto, ¿qué de las historias de familia?”  Javier Lizarzaburu

Para todos parece ser obvio que, en cuestiones científicas, si obtenemos el mismo resultado a partir de diversas pruebas, la conclusión tiene que ser verdadera, o al menos eso es lo que nos enseñan. Ensayo, prueba y error son las bases de la experimentación científica que busca corroborar hipótesis para convertirlas en tesis sólidas, irrefutables y ante todo, verdaderas.

Junto con la cultura y las creencias religiosas, las ciencias son el pilar de lo que pensamos. La evidencia científica comprende una buena parte de lo que somos, de lo que hacemos, pues ella es el soporte del pensamiento occidental. La otra cara de estos tres pilares es que, ciencia, cultura y creencias religiosas también son agentes poderosos que permiten movilizar masivamente a las personas hacia un objetivo. Solo hace falta hablar de epidemias y ataques biológicos para que los ciudadanos reaccionemos en bloque hacia una dirección específica en busca de protección.

En los estudios genéticos que pretenden ayudarnos a entender quiénes somos, se suman los tres pilares de construcción de identidad antes mencionados, todos con un papel protagónico: los datos científicos llegan a comprobar lo que nos han contado las familias acerca del lugar de dónde venimos y quiénes han sido nuestros antepasados. De ahí que tenga tanto eco cada vez que uno de estos experimentos cuestiona nuestro origen, porque pone en tela de juicio la definición personal que tenemos y hemos construido ante el mundo.

Fechado el 9 de febrero de 2014, el periódico El Tiempo de Bogotá publicó “Los antioqueños, con genética europea”* una investigación que llega a la conclusión, como su título lo sugiere, de que el componente genético europeo de los antioqueños es superior al de otras poblaciones colombianas. El estudio, nuevamente, hace parte de los resultados del Consorcio para el Análisis de la Diversidad y Evolución de Latinoamérica CANDELA y lo realizó el grupo de genética molecular de la Universidad de Antioquia GENMOL, a cargo de Gabriel Bedoya, como lo cita el artículo. Hace varios años en 2006, el periódico antioqueño El Colombiano ya había publicado un estudio titulado "Los antioqueños son europeos en un 80%" que estuvo colgado en Wikipedia como lo mencioné en un artículo anterior (Pura sangre) con las mismas fuentes (GENMOL y CANDELA). Sin embargo, el propósito de las investigaciones no queda del todo claro. 

En la página en la que se describe el objetivo del proyecto CANDELA se puede leer: “En otras palabras, intentamos explorar las complejas relaciones entre factores sociales y biológicos que conforman nuestras ideas acerca de la identidad étnica y la “raza”, examinando detenidamente las  motivaciones de la investigación biológica en poblaciones Latinoamericanas” . Y en la página que corresponde al grupo GENMOL de la U. de A. se puede leer la siguiente descripción: “En este proyecto proponemos crear una Red Internacional enfocada al estudio multidisciplinario de la evolución de las poblaciones latinoamericanas. Planeamos evaluar estadísticamente la relación entre las estimaciones genéticas de ancestría individual, fenotipos “raciales” y actitudes relacionadas a la identidad “racial”… Este trabajo aportará datos únicos sobre el mestizaje, la percepción pública de “raza” y “ancestría” y sobre la genética de la apariencia física humana.” 

En ambos casos la palabra raza, que parece ser determinante en la investigación, no está definida y deja a los lectores como yo con un interrogante aún mayor: ¿Cuál es la identidad racial de los antioqueños y en qué se diferencia con su “percepción pública de raza”? ¿Para qué les sirve? ¿Qué significa, para el caso de los antioqueños, ser más europeos? Y, ¿qué se busca con estos resultados? ¿A quién benefician? ¿Qué pretenden hacer con los resultados obtenidos? Qué significado tiene la palabra raza en la antropología actual, y más allá de la antropología, qué significa esta palabra para los genetistas, en particular para quienes están participando de estas investigaciones. ¿Qué objetivo persiguen al publicar una noticia como esta en un periódico de circulación nacional?

Los Estatutos de limpieza de sangre se crearon durante la Inquisición como un mecanismo de discriminación legal hacia las minorías españolas conversas. Esta institución española medieval se transformó una vez llegó al continente americano, dejándonos como herencia la necesidad de demostrar nuestro origen español para acceder a las posiciones de poder de la administración pública que eran reservadas para quienes pudieran demostrar sangre española, como lo señala el escritor peruano Javier Lizarzaburu en su trabajo ¿Quién diablos soy?. Allí, el escritor, quien también se sometió a una prueba genética invitado por la revista National Geographic, escribió un diario en la página web de BBC Mundo mientras esperaba el resultado de los exámenes genéticos que pretendían identificar no solo sus orígenes, sino las posibles migraciones y mestizajes de generaciones anteriores a él. Resulta emocionante leer cada una de las trece entregas del peruano, en las que las preguntas sobre su origen se van transformando a medida que se acercan los días para la entrega del resultado genético.

Lizarzaburu, como se puede leer en la cita inicial de este artículo, encuentra un vacío entre la historia de su familia y su propia apariencia física. Como ocurrió en su caso, parecería suficiente con salir a las calles de Medellín o a cualquiera de los pueblos de Antioquia, encontrarse con la diversidad de colores y formas de la gente para darnos cuenta de que los antioqueños somos una mezcla de razas, sin embargo, los estudios de GENMOL Y CANDELA que cuentan con el respaldo del University College of London, por segunda vez dan una prueba científica de que lo que vemos es distinto a lo que somos.

Curioso que en época preelectoral, con pocas mujeres en las listas a senado y cámara (La Silla Vacía), con delfines y herederos políticos en campaña, con un expresidente encabezando una lista al senado, esta investigación esté circulando de nuevo como si estuviéramos en épocas coloniales y ellos tuvieran que demostrar que hay hombres más aptos para gobernar a otros y esos hombres son de origen europeo, científicamente comprobado. Cabe preguntarse respecto a estos estudios de “europeidad” antioqueña si estamos hablando de la ciencia de la raza o la raza de la ciencia y si en Antioquia, como lo pregunta Pascual Gaviria en su artículo "Encuestas paisas", las conclusiones científicas las sacan "un buen grupo de antioqueños, con verdades para el papel carbón y mentiras de entrevista de trabajo”.

*NOTA: a la hora de subir esta columna, el título del artículo de El Tiempo ya había sido modificado, así como su contenido, sin embargo, todavía se puede ver cuál fue la titulación original en el permalink.

martes, 27 de agosto de 2013

Ilusión y desilusión



Por: Vanessa Villegas Solórzano

El desayuno es con jugo de naranja salido de una cajita de cartón y cereal, acompañados por una taza de café instantáneo. A la mitad de la mañana una barra de granola, porque es "natural" o mejor, unas galletas con fibra. El almuerzo incluye papas fritas, jugo que salió de una botellita o gaseosa y la ensalada arvejas y maíz dulce que venía congelado en una bolsa. Por la tarde papitas de paquete, frutas secas o maní también procedentes de una bolsita. En la noche la historia se repite, uno o varios de los ingredientes del menú incluyen caldo de gallina en cubo, nuggets de pollo listos para freír, salsas varias, o sándwiches hechos con pan de bolsa. Eso sí, siempre que pueda, en las redes sociales apoyo a los campesinos y a las semillas colombianas. Si lo logro, asistiré a todas las marchas y firmaré las peticiones de aavaz y otros etcéteras. 

Porque entre los jóvenes, no tan jóvenes y maduritos bogotanos está de moda el tema agrario y lo estaba semanas antes de que el paro fuera un hecho. Suena esperanzador pensar que toda esa gente que se manifiesta en las redes sociales con indignación, se lamenta sinceramente con el ojo encharcado y habla con dolor ante lo que está pasando en el campo, esté poniendo de su parte para cambiar la realidad del país. La pregunta es, ¿lo están haciendo? ¿Cuántos de ellos se han preguntado qué es lo que comen y de dónde viene? Lamentablemente la respuesta es, muy pocos.

Puedo estar equivocada y en realidad todas estas personas que se manifiestan en las redes sociales son conscientes de lo que comen. Puede ser que cuando piden su combo de hamburguesa no lo acompañan con papitas fritas porque saben que las papas congeladas, desde antes de firmar el TLC con Estados Unidos, ya eran un dolor de cabeza para los paperos colombianos. Pero también recuerdo la Ola Verde, un movimiento político esperanzador que, a la hora de medir su fuerza en las urnas, quedó reducido a su mínima expresión, sin contar con la escasa reflexión y participación política que mostraron los voceros de la Ola apenas unos meses después de las elecciones. Lo que pasó con la Ola Verde tiene muchísimas explicaciones que no vienen al caso, pero es un buen parámetro para medir los estratos 4, 5 y 6 cuando nos indignamos frente al computador.

Muchos de mis colegas filósofos y algunos amigos se sienten parte de ese cambio, creen que compartir enlaces en facebook, trinar sobre el paro y los abusos policiales y salir a marchar los convierte en parte activa de la movilización. Lamento decirles que se equivocan, porque creer en la idea sin hacer algo para que ella se cumpla, es un asunto que limita con la fe. Y esto no es cuestión de fe, sino de comprender de dónde viene lo que comemos. De nada sirve salir a marchar y sentirse solidario con los campesinos si seguimos alimentándonos de la misma manera que lo venimos haciendo. No sirve de nada porque, como lo dice bien Ana Lucía Cárdenas en su artículo No sembramos pa’semilla, la industria de los alimentos es la tercera economía del mundo y los cambios solo pueden surgir de modificar nuestra relación cotidiana con las cosas que comemos y darnos por enterados de que la cuestión va mucho más allá de un mero acto de consumo.

Suena casi a chiste estar en la marcha de los paperos con una botella de gaseosa en la mano o salir de allí a almorzar en una cadena de alimentos. Con eso borramos con la boca lo que hacemos con las manos. Tampoco se trata de convertirse a la religión de la comida orgánica y del comercio justo, pero sí de intentar ser consecuentes, al menos en la medida de nuestras posibilidades, con lo que estamos haciendo. Ser consecuente es difícil y nos pone complicado escenario de administrar nuestras convicciones en la vida diaria. Sin embargo, Mikel López Iturriaga en su blog elcomidista, y otros tantos amantes de la cocina dedicados a los medios de comunicación, nos han mostrado que hay pequeñas acciones que podemos hacer en nuestras vidas para contribuir con el cambio y que van mucho más allá de darle protagonismo a una foto o a un video. 


Es claro que quienes podemos elegir qué comemos somos un grupo privilegiado, precisamente por eso, desde ese privilegio tenemos que intentar ser medianamente consecuentes y llevar nuestro discurso a la acción, porque si no, ¿de qué sirve? 

Por otro lado, Slavoj Zizek dijo, hablando lo que él llama La ilusión del capitalismo verde, que la compra de comida orgánica era la mejor manera de que las personas lavaran su conciencia frente a las atrocidades que los rodeaban. Dice Zizek que, al comprar una manzana orgánica, la persona siente que está contribuyendo al cambio global, al bienestar de los niños pobres y al uso responsable de las semillas y del agua, por ejemplo, sin tener que pensar más allá del simple acto de consumo. Quisiera pensar que el ruido en redes sociales que apoya a los campesinos colombianos trasciende a esa limpieza de consciencia y que mis amigos no están tomando juguitos de caja mientras comparten vínculos en facebook relacionados con las protestas campesinas. 

La pregunta es si estamos dispuestos a hacer cambios reales en nuestros hábitos cotidianos, en preguntarnos qué comemos con más frecuencia de la que, quizás, queramos hacerlo. La pregunta es también, si con la indignación de escritorio estamos lavando nuestra consciencia sobre la poca información que tenemos de la situación agraria del país, del proceso de paz, de la realidad de toda la gente que ha tenido que salir del campo desplazada para que meses después, a las mismas tierras, lleguen grandes firmas a sembrar masivamente. Si como dice Zizek, al unirnos a las protestas de manera virtual o citadina estamos comprando nuestra tranquilidad.